viernes, 30 de mayo de 2008

Frío bajo cero.

El frío se siente hasta en las miradas de las personas que deambulan más ansiosas que nunca por llegar a sus destinos. La humedad en el pelo, la resaca de la escarcha en los autos.
En la cuadra no hay mucha gente. Parecen todos esos muñequitos que andan con poca pila y se traban al caminar. Como bolas, cubren sus cuerpos como pueden; con gorros de lana que tejieron a último momento, tres pares de medias (cada una de un color), guantes descocidos y hasta narices de payaso que encontraron desubicadas en un cajón.
Los pocos atrevidos que salieron a la calle tiemblan, putean y buscan el sol. Se cruzan de vereda persiguiéndolo, buscando algún resto de calor. Pero rápido los desanima el viento que pega fuerte como nunca, doliendo hasta en los huesos.
La ciudad está bajo cero y nadie la soporta. Como yo, hay cientos, que cuentan los días para que el invierno se termine, sin siquiera haber empezado.
Con los pies adormecidos, las manos rojas y algunas lágrimas en los ojos, me canso de caminar-A vos también te detuvo el frío.

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