Después ya no recuerdo mucho. Los gritos de impotencia que ahogé y la mirada que fingía ser dura, se terminaron con el portazo más estridente que logré dar.
Caminé por el pasillo esperando que no me siguiesen. Entré a mi cuarto y tomando valor, y algunas cosas más, les dije me voy y no me lleven. Evitándo el contacto profundo, les dí un abrazo sin valor y cerré la puerta de casa (esta vez un poco más despacio; ya no estaba tan enojada)-
Afuera otra de esas tormentas que se despedían del verano; llovía y no me importaba. Así mis lágrimas trataban de esconderse un poco más y no me sentía tan sola.

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