Mía esconde un cielo en los ojos y un don en sus movimientos de bailarina, sin siquiera haber conocido el otoño. Mía entiende y también sabe llorar.
Se margina en el silencio y canta con la calidez de la voz materna, que a su vez la adormece en el mejor de los sueños, para ser todo lo que su inocencia le permita.

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