viernes, 29 de agosto de 2008

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Luego de beber el último sorbo de café, el señor retomó: "Es que simplemente no puedo convencerla más. Ya le expliqué mis motivos hasta ridiculizarlos. Le exageré mis ganas y, aunque supe disimular mis ansias, le transmití mi plena fascinación por usted. Sé que he cometido mis errores, pero vamos mujer, que no fui ni el primer ni el último hombre en probar un trozo del infierno. Créame, se acabaron los tiempos de noche para mí. No lo piense más: míreme a los ojos y afírmeme que no me ama".
La señorita bajó la cabeza escondiendo la lágrima, y después de agarrar la cartera, cerró fuerte la puerta del bar.

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