martes, 26 de agosto de 2008

Catarsis en la pileta.

La meta era dura de por sí. Más por el día. Más por el revuelto de sensaciones. El agua estaba fría y era mejor empezar para entrar en calor. Si el comienzo es malo, después sé que me cuesta remontar. Pero no me importo, seguí intentando y respiré hondo.
Las piletas pasaban y cada vez se hacía mas inaguantable. La presión. La angustia. El nudo en la garganta. El porque que no sé.
Seguí, como siempre, sin ceder a ninguno de todos ellos. Dije por ella, por este y por aquél y no paré.
Después llegó ese punto en que todo se vuelve insostenible y ni la cara que pretendía sonreír convencía siquiera al más necio. Noté entonces que en el fondo del agua no había obstrucciones. Que era transparente y que se veía bien. Traté de repuntar y aunque era tentador, salí a respirar.
Seguí nadando, apretando bien las muelas, hasta que en un rincón la agonía se volvió insoportable y ya sin querer evitarlo, lloré.

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