Era domingo y llovía. Sí, ya sé que te conté esta historia miles de veces pero escuchala una vez más, sabes que nunca es igual.
Era el último domingo del verano. De ahí me viene la bronca, la nostalgia que crece, el odio acentuado. Uno se da cuenta que las cosas no vienen bien. Que las palabras ya no se comparten y ni hablar de los besos ni de la pasión. Pero sin embargo, la ceguedad y la negación saben muy bien trabajar la mente del ser y así seguia yo: en el medio y sin hablar.
Todavía hoy me duelen las fotos y los pedazos de recuerdos, es cierto. Pero es distinto. Desde el principio lo fue.
Ese día elegí escapar como siempre. Y aunque ese domingo donde todo parecía despedirse prefería ir a ningún lado, la calle y la lluvia no combinaban y no quería sentirme más abrumada. No había palabra que me ayudase. Ni tiempo, ni abarazos ni desahogos. Porque era domigno y llovía. Sí, ya sé que te conté esta historia miles de veces pero escuchala una vez más, sabes que nunca es igual..
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