Tenía las manos frías y sudorosas. A pesar de los golpes duros, todavía se podían distinguir las líneas marcadas en las palmas, las cicatrices de algunos rasguños y las uñas despintadas.Las manos temblaban y cerraban su puño con cada ruido precipitado. Las huellas digitales, aunque no distinguían a nadie, no se habían modificado y aquel lunar, casi imperceptible, seguía en su lugar. La habitación estaba horriblemente vacía.
Sólo las manos permanecían perfectas- ; lucidez entre tanta muerte-

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