La puerta de entrada del edificio está siempre abierta. El olor a médico que sentís apenas entras es inaguantable. En el pasillo no hay nadie. Bah, nunca vi a nadie más que mi reflejo en el espejo del consultorio de planta baja. La escalera de mármol termina en un cubículo con dos puertas que me confundieron la primera vez que fui, por aquél marzo oscuro y lejano.
La sala de espera también está vacía. Sólo se escucha la voz del gordito que viene antes que yo y cada tanto el teléfono que se corta rápido porque la gente no sabe esperar. Las revistas son viejas y aburridas como siempre, y acá el tiempo no pasa. Mientras espero pienso que debería estar afuera, que no debería haber ido, que hoy todo esta bien. Finalmente, el gordito sale, me sonríe asquerosamente y dice hola con aires de ganador. Golpea fuerte la puerta que por desajustada hace ruido para que luego el silencio tome el protagonismo: ahora me toca a mí.
El consultorio no es tan feo como el resto del lugar. Hasta se podría decir que tiene una onda personal que me gusta. El típico diván de cuero fue reemplazado por uno que se ve mucho más cómodo. Igual, mi lugar es la silla de oficina frente al escritorio. Ella está del otro lado y la ventana detrás. Por ahí veo pasar las estaciones una vez por semana. El verano despidiéndose, las nubes paseando con los árboles secos y las repentinas tormentas que toman el cielo por asalto.
Empezamos? Dice con calma y buen humor. Entonces me concentro en ella. A través de sus anteojos se ven sus ojos más simpáticos. Comprensiva y pensante me pregunta como estoy y sonríe levemente. Después de mi distancia superficial cotidiana, nos ahogamos en lo concreto y ella comienza a anotar. Son todas cosas para ubicar dice y me tilda de interesante.
A veces los minutos pasan sin darme cuenta y otras veces, especialmente cuando mi psiquis no hace tanto ruido, es sólo el silencio quien habla. Ella sin embargo, escucha y toma nota con su letra poco entendible que me causa más curiosidad de la debida.
Para cuando dice terminamos por hoy, me siento mucho más aliviada y soy yo la que sonríe. Arreglamos mismo día y horario para la semana que viene y llenamos la ficha que cada vez es más larga. Le digo muchas gracias y me voy cerrando la puerta que ya no está tan desajustada ni hace tanto ruido.
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