El cielo no suele ser lindo en Buenos Aires.
El humo lo oscurece.
Los pájaros no vuelan tanto.
El sol esta siempre tapado por algún pedazo de ladrillo
y a la luna cuesta encontrarla blanca.
Las nubes también se aceleran.
Los aviones cambian su fondo natural.
El celeste no es tan celeste
y por las noches las estrellas parecen menos.
El cielo no suele ser lindo en Buenos Aires,
excepto en ese rincón de mi terraza
donde sólo en días de buena suerte se tiñe de naranja y rosa
y el árbol contrasta con el resto de los colores.
El cielo no suele ser lindo en Buenos Aires
excepto en el techo de ese séptimo piso con historias
donde, cuando supero el miedo y logro treparme,
siento las nubes de sombrero
y el río y el cielo se confunden con el horizonte ausente.
El cielo no suele ser lindo en Buenos Aires
excepto desde la ventana enrejada de este cuarto lleno de humo
desde donde vemos a la luna cambiarse con las estaciones
y la lluvia caer en noches vacías de ganas y llenas de nostalgias.
El cielo no suele ser lindo en Buenos Aires
excepto cuando está acompañado.

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