
Con los ojos cerrados y los cuerpos inmóviles, no existe sonido que sirva más a la concentración necesitada.
Profundo y hasta molesto, el silencio esquiva al resto de los ruidos invasores. Haciendo un esfuerzo e intentando perdurar, llena aquellos espacios en blanco de la peor manera. El silencio duele y llena de nostalgia. Pierde a la mente y provoca irritación. Y sin embargo, sobrevive hasta romperse por incómodo.

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