
La metamorfosis continua.
Por eso ahora,
que descubro que hoy se verá en mañana a manera de anécdotas repetidas o canciones sin final, lo vivo a todo vapor.
Verde se veía el futuro como envolvente el cielo. Creíamos tenerlo todo y así era: nos teníamos a nosotros. Matábamos costumbres por placer y nos dejábamos llevar por el impulso de querernos. Añorando el infinito, dejando de lado la furia y la razón, caminábamos el desafío de llamarnos nosotros.
Se respiraba en el ambiente la falsa emoción. Corrían las voces de aquí a allá perdiendo registros, colores y oportunidades de ser. La gente se disfrazaba en la multitud. La música callaba sus voces y el eco perturbaba el desequilibrio. Aquél hombre tenía la palabra temblorosa y titubeante y yo la posibilidad de desquitar en él tierra de miga del pasado. Con el silencio marcaba su inválida experiencia. Se notaba en la postura que esperaba que mi voz resaltara y que hiciera honor a mi fama. Sin embargo verlo a mis pies tenía todavía cierto encanto. Jugaba con su sombra y la posibilidad de tenerlo cuando quisiera, sin darme cuenta que así adormecía el deseo y aumentaba la intriga de saberme querida. La costumbre tapaba mis venas pero mis tiempos ya comenzaban a correr diferentes. En ese hombre que acababa de reducirse a lo más ínfimo de su ser, encontraba yo un golpe de fortuna que pretendía ser eterno.
El palo cae del árbol de la última rama que casi toca el cielo. Al palo lo piso yo que vengo de tropezarme con la piedra que se desgarró de la montaña porque los años le pasaron por encima (A mi también).
A veces es el vacío ante el que caigo que me hace dudar si todavía estás acá. Si respiras. Si sentís. Si sos cierto y si todavía queda algo. Es que la locura ya no te hace bien. Te desdibuja y te hace perder aún más tu gracia. Mancha tu transparencia. Te llena de barro y así te deja.
El viejo levantó los papeles que todavía irradiaban bronca, guardó los álbumes de fotos que olían a humedad y cerró la valija. Eran las seis menos cuarto en Buenos Aires y la ciudad se estaba despertando.

Jugar a ser quien no sos, a quien queres ser, o quien nunca serías.
Perdiste la magia y el encanto que me hacía sonreir- Ya me dí cuenta.
El tiempo no se contaba. Esa era la meta marcada por nuestra rutina ensangrentada. "Días sin reloj. Minutos aprovechados". De ese modo fue que desenchufamos nuestros cables y desaparecimos de ese show que llamamos realidad.
Sobre un nuevo sol, Buenos Aires baila y se limpia de sus pecados. La ciudad se tiñe hasta pasar desapercibida.
El paisaje está modificado de colores.
Imperceptible la mirada, el pesteaneo y los nervios.
Después de esa frase ya no quedaba mucho que decir. Sin embargo, levantó la mirada y, callada, le pidió que lo pensara de vuelta. El silencio respondío mejor que él, que nunca se supo expresar y cerró los ojos para que no le doliera tanto. Entonces lo entendió, y soltó sus manos para empezar por algo. La situación ya se llamaba molesta y el llanto no ayudaba a distinguir lo sano. Después de un grito de impunidad que necesitaba saciar, tomó su abrigo para volver a abrigarse del frío sin sus abrazos, e intentó no temblar.
Tenía las manos frías y sudorosas. A pesar de los golpes duros, todavía se podían distinguir las líneas marcadas en las palmas, las cicatrices de algunos rasguños y las uñas despintadas.
Es un cuarto negro donde la luz no se filtra por ningún agujero y cada rincón huele mal.